Decía Antonio Machado que todo necio confunde valor y precio. Esta frase del famoso poeta español se me cuela en la mente cada vez que pienso en las decisiones de compra que la gente toma hoy en día. No en vano, es fácil ver como actualmente las personas son capaces de pagar precios desorbitados por objetos que, o bien no tienen un valor ni parecido, o bien sí lo tienen pero sus usuarios son incapaces de extraerlo en su uso.
Valor y precio son dos cosas distintas y eso algo fácil de ver. Imaginémonos por un momento que nuestro abuelo nos regala una pieza de bisutería. Es normal que esa pieza sea para nosotros de gran valor emocional debido a que nos fue regalado por un familiar; pero no es menos cierto que,si quisiese vender esa pieza, el precio que me ofrecerían no sería ni aproximado al valor que esa pieza tiene para mí. Valor y precio son pues dos elementos muy diferentes que, sin embargo, son fácilmente confundidos por las interrelaciones que tienen entre sí. En otras palabras, si yo valoro un bien más que los demás, estaré dispuesto a pagar un precio más alto por ese bien que el resto de personas. Esta relación sin embargo no tiene por que darse al revés (ver algo con un precio alto no hace que lo valore automáticamente como bueno) pero la gente no se da cuenta de ello siempre.
El valor, al final, no deja de ser un concepto tremendamente subjetivo. Y si es subjetivo no lo digo por que cada persona tenga su propia valoración, sino por que muchas veces es imposible determinar la existencia de un "valor objetivo" simple y llanamente por que no tenemos la información necesaria para ello.
Sobre esta idea escribió Daniel Kahneman en su libro "Thinking, Fast and slow" en el que desarrollaba la idea de que nuestro cerebro, por su propia naturaleza, recibe información sesgada de nuestros sentidos, lo cual nos lleva a adoptar decisiones irracionales en base más a ideas preconcebidas que a los hechos en si mismos. Este libro, que le valió a su autor el Premio Nobel de Economía, me impactó en su día profundamente y me hizo ver con otros ojos las compras que los demás hacían.
En mi búsqueda me tope con el ejemplo más cliché y sin embargo más claro de todos: el iPhone 6. Este teléfono se vende actualmente en el mercado al desorbitado precio de 799 euros por un móvil de 5,5 pulgadas. Y sin embargo la gente los compra como churros, catapultando a Apple y haciendo que esta empresa bata su récord histórico de ventas en un trimestre.
Normalmente ante esta situación suelen aparecer personas que se quejan del consumismo que impera en el mundo; otros por su parte critican al marketing por ser una herramienta capitalista creadora de necesidades y finalmente nos encontramos con aquellas personas que simplemente se lamentan que el móvil no valga el precio pagado. Permitanme que me desmarque de estas posturas para elaborar yo mi propia crítica.
Asumamos que, efectivamente, el precio de ese móvil es acorde con su valor. El problema que planteo yo es que las personas en este caso no estarían dispuestos a pagar un alto precio por algo que no vale, sino que estarían pagando un alto precio por algo que no saben hacer valer. Piensen por un momento los que tengan un iPhone 6 para que lo usan; apuesto a que no usan más que el whatsapp, el mail y el teléfono. Los más avezados habrán sabido manejar Twitter y a hacerse llamadas a través de Facetime. Eso sí, lo que todos sabrán hacer es poner su dedo en el móvil para que les reconozca su huella dactilar mientas contemplan asombrados los prodigios de la tecnología.
Pero al final ¿cuál es la realidad? la realidad es que la gran mayoría de nosotros no sabemos ni aprovechar el 1% de las prestaciones de ese móvil. Nos gastamos 800 euros no en algo que no lo vale, sino en algo que no sabemos hacer valer. Es por eso por lo que les propongo que, cuando compremos, no nos preguntemos
¿es esto útil para mí? sino mejor preguntar ¿como puedo hacer esto útil para mí?, de esta manera podremos no confundir valor con precio y tomar las decisiones más acertadas.

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